Openhouse magazine, ISSUE 20 Inma Buendia Openhouse magazine, ISSUE 20 Inma Buendia

MARCOS PALAZZI

PORTRAITS OF LIFE

PORTRAITS OF LIFE

Entering Marcos Palazzi’s (Barcelona, 1965) studio is, in a way, like entering his home. This Catalan artist, whose greatest virtue is humility, turns everyday things into art. His inspiration, drawn from his emotional surroundings, fuels his mainly pictorial work that revolves around drawing, photography, memory and a sense of humour.

We meet his daughter Lucía in what seems like an almost Costumbrist scene like those depicted in Palazzi’s work, and, amid laughter, memories and anecdotes, she reveals her father’s career and personality whenever he plays down some of his achievements.

Everything in Marcos Palazzi’s story seems to take place in a continuous present, as if we were in a story by George Orwell where only the here and now matters. So that when I ask him how and when he met Marta, his wife: “In Puigcerdà, I suppose. Years ago. I used to go to a friend’s house and she had a house there.” His work is a way of capturing moments. Many of the paintings around us are family scenes featuring his three children, his wife and himself. “It’s harder to paint children when they're small, it’s more difficult. I painted them several times in a large format. They all sold. It's funny because, who wants a painting of a child?” he muses. “When we went to exhibitions,” Lucía explains, “my brothers and I counted how many times we were in the paintings to see who would win. One day at the beach,” she continues, “a boy who was playing with us said that my brother looked very familiar. Suddenly it dawned on him that there was a painting in his home of my brother Simon pulling at a tooth. Of course, someone has a child and someone has Simon. Someone has me or someone has my mother, my cats or my dad. People buy us, yes.”

While Fabián and Lucía arrange the space to shoot the portraits, I do the same with words, trying to find out if an artist is born or made. “I’ve always drawn, ever since I was a little boy. I also like comics a lot. Even then I was very inspired by the underground comic artist Robert Crumb and all his work. The comic Dossier Negro was more about horror stories, but it had very good cartoonists, almost all of them Americans,” explains Marcos.

It was the 1970s in Barcelona, a time when it wasn’t easy to find these comics. “My uncle would buy them all. Although he was a doctor, he was very fond of comics. He’d let me go into his room and read some of them, but just a few. Later, I’d borrow Will Eisner's much-loved comic The Spirit from a newsagent’s. The girl who ran it let me, and she was more discreet about it than I was.” Marcos says that he partly credits his profession to an accident he had shortly before taking his university entrance exams. “I was in a coma for seven days after the accident, I didn’t study at all and I failed. Instead of doing Fine Arts, I enrolled at EINA (Centro Universitario de Diseño y Arte de Barcelona) because I was advised to by the designer América Sánchez. He taught there. Shortly afterwards I got into the Massana school and the Llotja, which I also used as a studio.” Soon after, Marcos won a competition organised by the Parés Gallery in Barcelona (where he continues to exhibit) and art became his livelihood.

Art is not only Marcos’s profession but also the place to which he belongs, the community in which he has been immersed since he started out. “When I was 22 or 23 years old, we had a group called San Paulino. It was the name of the street where we had the studio, an abandoned school in the upper part of Barcelona that they let me use. We thought of having an exhibition to avoid the galleries. It lasted a day and was a lot of fun. We sold quite a lot. We did it every year.”

Today, his studio is a hidden gem in Barcelona’s Gothic Quarter, the kind where you enter through a modest courtyard and up a narrow staircase. Nothing indicates what you’ll find when you cross the threshold: large semi-arched windows, hundreds of artworks of all sizes, images, stickers, peculiar objects... “Upstairs you will find Artigau, a Pop Art artist, so to speak, who is 83 years old. He was my teacher and I’d come and visit him from time to time. One day, I asked him to let me know if his downstairs neighbour ever left because I'd like to rent the studio if I possibly could, and I’ve been here for ten years now.” Lucía acts as our guide: “Mateo here doesn’t look like Mateo,” she says, pointing to a painting of her brother. “And that is the farewell to my dog in the kitchen, when we had to have him put him down,” she explains, while standing next to another of the paintings that, like a photo album, amass milestones from her own life.

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MARCOS PALAZZI

RETRATOS DE VIDA

RETRATOS DE VIDA

Entrar en el estudio de Marcos Palazzi (Barcelona, 1965) es, de alguna manera, entrar en su casa. Este artista catalán cuya mayor virtud es la humildad, convierte en arte aquello que es cotidiano. Su entorno emocional es el material con el que nutre una obra principalmente pictórica que se vertebra sobre ejes como el dibujo, la fotografía, la memoria y el sentido del humor. 

Casi como en una escena costumbrista de las que él mismo plasma en sus obras, acudimos a la cita junto a su hija Lucía, quien entre risas, recuerdos y anécdotas, va desvelando la trayectoria y personalidad de su padre cada vez que éste resta importancia a alguna de sus gestas.

Todo en la historia de Marcos Palazzi parece suceder en un presente contínuo, como si nos situásemos en una obra de George Orwell donde sólo cuenta el ahora. Así sucede cuando le pregunto cómo y cuándo conoció a Marta, su mujer: “En Puigcerdà, supongo. De siempre. Yo iba a casa de un amigo y ella tenía casa allí”. Su obra es una forma de capturar momentos. Muchos de los cuadros que nos rodean son escenas familiares protagonizadas por sus tres hijos, su mujer y él mismo. “Cuando los niños son pequeños, cuesta más pintarlos, es más difícil. Y eso que los hice varias veces en grande. Se vendieron, es una cosa curiosa, ¿quién quiere un niño?”, reflexiona. “Cuando íbamos a las exposiciones”, explica Lucía, “mis hermanos y yo contábamos cuántas veces salíamos en los cuadros para ver quién ganaba. Un día en la playa”, continúa, “un niño que estaba jugando con nosotros decía que mi hermano le sonaba mucho. De repente cayó en la cuenta de que en casa tenía un cuadro de mi hermano Simón estirándose un diente. Claro, alguien tiene un niño y alguien tiene a Simón. Alguien me tiene a mí o alguien tiene a mi madre, a mis gatos o a papá. La gente nos compra, sí”.

Mientras Fabián y Lucía disponen el espacio para disparar los retratos, yo hago lo propio con las palabras tratando de averiguar si el artista nace o se hace. “Siempre he dibujado, desde que era pequeñito. También me gusta mucho el cómic. Ya entonces me inspiraba mucho todo el trabajo de Robert Crumb, que era underground. La revista Dossier Negro era más de historias de terror pero tenía dibujantes muy buenos, americanos casi todos”, explica Marcos.

Eran los años 70 en Barcelona, cuando no era tan sencillo acceder a dichas referencias. “Mi tío era quien se los compraba todos. Aunque es médico, le gustaba mucho el cómic. Me dejaba entrar en su habitación y leer alguno, pero pocos. Después, tomaba prestado el siempre adorado comic Spirit de Will Eisner de un kiosko. La chica que lo atendía me lo permitía, disimulando ella más que yo”. Marcos otorga parte del mérito de dedicarse a su profesión al accidente que sufrió poco antes de examinarse de selectividad. “Estuve siete días en coma tras el accidente, no estudié nada y suspendí. En lugar de entrar en la carrera de Bellas Artes, me matriculé en EINA (Centro Universitario de Diseño y Arte de Barcelona) porque América Sánchez, el diseñador, me lo recomendó. Él era profesor allí. Y poco después ingresé en la Escuela Massana y en la Llotja, que además me servía como estudio”. En seguida ganó un concurso organizado por la Galería Parés de Barcelona (con quienes continúa exponiendo) y empezó a ganarse la vida como artista.

El arte no es únicamente la profesión de Marcos sino el lugar al que pertenece, la comunidad en la que se halla inmerso desde sus comienzos. “A los 22 o 23 años teníamos un colectivo que se llamaba San Paulino. Era el nombre de la calle en la que teníamos el estudio, una escuela abandonada en la parte alta de Barcelona que me dejaron usar. Pensamos en hacer una exposición para saltarnos a las galerías. Duraba un día y era muy divertido. Se vendía bastante. Lo hacíamos cada año”.

Hoy su estudio es una joya escondida en el barrio Gótico de Barcelona, de aquellas a las que accedes a través de un modesto patio y una angosta escalera. Nada en ese recorrido hace prever lo que nos encontraremos al cruzar el umbral: grandes ventanas con forma de semiarco, cientos de obras de todos los tamaños, imágenes, pegatinas, objetos curiosos…“En el piso de arriba está Artigau, que es un pintor pop, por así llamarlo, de 83 años. Era mi profesor y yo venía a verlo de tanto en tanto. Un día le dije que me avisase cuando se fuese el vecino de abajo porque yo alquilaría el estudio, en la medida posible, y ya llevo diez años.”Lucía hace las veces de guía: “Mateo aquí no se parece a Mateo”, dice señalando un cuadro que retrata a su hermano. “Y esa es la despedida de mi perro en la cocina, cuando tuvimos que sacrificarlo”, explica junto a otra de las imágenes que, como en un álbum, recogen hitos de su propia vida.

Fabián comienza a fotografiar al artista que quiere ponerse su chaqueta favorita (verde a cuadros) para la imagen: “Cuando pienso en mi padre, pienso en esta chaqueta tan fea. Siempre la lleva. Es su look, su personaje”, señala Lucía. Es la relación que Marcos mantiene con varios objetos que nos rodean: “Esto es un trozo de hierro donde hacía las mezclas. Lo de debajo es una mesita típica pero siempre la he tenido cariño”, comenta acercándose a una especie de bandeja cubierta de colores.

De pie junto a la ventana de su pequeña tramoya de artefactos hiperrealistas, se puede intuir que Marcos Palazzi ha tenido una vida plena. Quizá su secreto no sea llegar más o menos lejos, o tener más o menos éxito. Puede que la llave de la felicidad en su caso se encuentre en la vida familiar. Una vida que retratar.

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OPENHOUSE EDITORIAL

EL ACTO DE COMPARTIR

EL ACTO DE COMPARTIR

Desde que Openhouse lanzase su primer número en 2014, el mundo ha reconceptualizado el término compartir. Hoy, este posee muchas más acepciones, más matices, más escenarios y más soportes. Sin embargo, en muchos de sus significados actuales, compartir se vincula a un individuo que emite ideas o emociones de forma unilateral desde un espacio físicamente cerrado, en muchos casos a través de las redes sociales. Se trata de una manera de derribar las fronteras que nos permite conectar en tiempo real con personas de todo el mundo, solo que a través de un dispositivo individual como es el teléfono. En soledad pero al mismo tiempo en compañía.

Para Openhouse como proyecto, incluso antes de convertirse en una publicación, la idea de compartir hace referencia a una acepción más social, vinculada al encuentro físico y comunal. Del mismo modo que en el eterno enigma: “si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido?”; si tenemos un talento o un don que nadie conoce, ¿realmente podemos defender que es una habilidad real? Publicado en 2014, el Nº1 de Openhouse magazine nacía con un slogan: The Life we Share. Una frase que describe, casi con literalidad, lo que Andrew Trotter y Mari Luz Vidal, fundadores de la revista, hacían por entonces en su propia casa. Un apartamento en el centro de Barcelona que no sólo compartían como compañeros de piso, sino que convirtieron en un proyecto en sí mismo cuando decidieron abrir sus puertas a quien quisiera disfrutar de las diferentes actividades culturales que ambos empezaron a programar. Dicho ‘acto de compartir’ sigue latente bajo la piel que habita la revista Openhouse. Veinte números después, es indescriptible la emoción que sentimos al echar la vista atrás. Son muchas las personas que comenzaron siendo nombres de profesionales a los que admiramos, y hoy podemos considerar amigos. Arquitectos, artistas, curadores y creadores que nos abrieron las puertas de sus casas para que nos sintiéramos como si estuviéramos en la nuestra. John Pawson, la familia Gomis, Jan y Lin Utzon, Hértor Barroso, César Cervantes, Christian Bourdois y Eva Albarrán en las Solo Houses… El listado es abrumadoramente largo.

Pero no solo nos llenamos de emoción al repasar lo vivido. También lo hacemos cuando alzamos la mirada para prever lo que está por llegar. En este número, nos rodeamos de caras ya conocidas como las de Vincenzo y Claudia Rose de Cotiis, quienes tienen la gran amabilidad de mostrarnos su nuevo proyecto en Venecia. Una oda al arte italiano que es una obra de arte en sí misma.

Visitamos Casa Soleto, el proyecto personal de Andrew Trotter y Marcelo Martínez. Un hogar lejos de casa en cuya renovación los hemos visto trabajar duro pero también vibrar durante los últimos dos años. Hoy es una realidad que hospeda a quien quiera vivir una experiencia casi espiritual en Puglia, Italia.

Al otro lado del océano, en Ciudad de México, Graciela Iturbide y Mauricio Rocha se sientan a la mesa en el Estudio Iturbide junto a su amiga, la artista Claudia Fernández. Alrededor de un delicioso pastel y una botella de tequila, madre e hijo nos hablan de sus respectivos procesos creativos, como fotógrafa y arquitecto, de sus primeros pasos profesionales y repasan la historia familiar entre anécdotas, recuerdos y risas.

No muy lejos de allí, en San Francisco, Ira Kurlander nos abre las puertas de su casa; un hogar diseñado por el propio arquitecto donde el estilo mid-century convive con la ensoñación creativa y un cierto toque surrealista. Sin dejar de lado la parte más lúdica de la creación, volvemos a Barcelona para visitar el estudio del artista Marcos Palazzi quien, con su pintura, invita a reflexionar sobre temas universales a través del retrato de escenas íntimas y familiares.

Si hay algo que he aprendido desde que comenzase a trabajar en Openhouse magazine en 2015, es que compartir y capturar momentos de nuestras vidas, a través de cualquier tipo de disciplina o soporte, es un acto íntimo que permanece dentro de nuestra memoria física pero también emocional. En Openhouse nos gusta pensar que continuamos siendo un lugar de encuentro. Seguimos estrechando lazos con personas creativas de todo el mundo y nos gusta hacerlo como siempre lo hemos hecho: invitándoles a entrar, a sentarse y a charlar.

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OPENHOUSE EDITOR’S LETTER

THE ACT OF SHARING

THE ACT OF SHARING

Since Openhouse launched its first issue almost ten years ago, the world has reconceptualized the term sharing. Today, it has many more meanings, more nuances, more scenarios and more platforms. However, in many of its current meanings, sharing is linked to the idea of an individual who unilaterally emits ideas or emotions from a physically closed space, in many cases through social networks. It is a way of breaking down borders that allows us to connect in real time with people from all over the world, but only, and here is the catch, while holding tight to the small physical world of an individual device such as a smartphone. In solitude but at the same time in company.

For Openhouse as a project, even before becoming a publication, the idea of sharing refers to its social meaning, linked to the physical and communal encounter. In the same way as in the eternal enigma: “if a tree falls in a forest and no one is around to hear it, does it make a sound?”; If we have a talent or gift that no one knows about, can we really defend that it is a real ability?

Published in 2014, Openhouse magazine's No. 1 was born with a slogan: The Life we Share. A phrase that describes, almost literally, what Andrew Trotter and Mari Luz Vidal, founders of the magazine, were doing at that time in their own home. An apartment in the center of Barcelona that they not only shared as roommates, but also turned into a project in itself when they decided to open its doors to anyone who wanted to enjoy the different cultural activities that they both began to program. This 'act of sharing' is still latent under the skin that Openhouse magazine inhabits. Twenty issues later, the emotion we feel when we look back is indescribable. There are many people who began as names of professionals whom we admire, and today we can consider friends. Architects, artists, curators and creators who opened the doors of their homes to us so that we felt as if we were in our own home. John Pawson, The Gomis family, Jan and Lin Utzon, Héctor Barroso, César Cervantes, Christian Bourdais and Eva Albarrán… The list is overwhelmingly long.

But we are not only filled with emotion when reviewing what we experienced. We also do it when we look up to foresee what is to come. In this issue, we surround ourselves with already known faces such as Vincenzo and Claudia Rose de Cotiis, who are kind enough to show us their new project in Venice. An ode to Italian art that is a work of art in itself.

We visited Casa Soleto, the personal project of Andrew Trotter and Marcelo Martínez. It is a home away from home, whose renovation we have witnessed through their hard work and enthusiastic joys over the last two years that welcomes anyone who wants to live an almost spiritual experience in Puglia, Italy.

Across the ocean, in Mexico City, Graciela Iturbide and Mauricio Rocha sit at the table in the Estudio Iturbide with their friend, the artist, Claudia Fernández. Around a delicious cake and a bottle of tequila, mother and son tell us about their respective creative processes, as a photographer and as an architect, about their first professional steps, and share their family history through anecdotes, memories and laughter.

Not far from there, in San Francisco, Ira Kurlander opens the doors of his house to us; a home designed by the architect himself where the mid-century style coexists with creative dreaminess and a certain surreal touch. Holding that sense of creative play in our minds, we return to Barcelona to visit the studio of the artist Marcos Palazzi, whose paintings of intimate and family scenes invite us to recognize the universal themes we share.

If there is one thing I have learned since I started working at Openhouse magazine in 2015, it is that sharing and capturing moments of our lives, through any type of discipline or platform, is an intimate act that remains within our physical and emotional memory.

At Openhouse we like to think that we continue to be a meeting place. We continue to strengthen ties with creative people around the world and we like to do it as we always have: inviting them to come in, sit down and chat.

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CASA BERNAL

LA FLOR ENTRE LOS ESCOMROS

LA FLOR ENTRE LOS ESCOMBROS

La historia recoge, como si se tratase de heroicidades, las gestas de personajes que se abrieron paso en sus vidas a pesar de las circunstancias. Si bien la sociedad está de acuerdo en la perseverancia y fortaleza de estos referentes  sociales, poco se habla de la intuición, del estado mental que permite a nuestros sentidos detectar los momentos en lo que debemos actuar, las oportunidades que no debemos dejar pasar.

Marcos Ruiz es de aquellas personas  que poseen un gran instinto, que se deleitan en el proceso de construir y construirse. Me encuentro con él en su casa de Ciudad de México. Un lugar con pocas piezas de mobiliario pero en cuya elección se intuye una meditada decisión. Todas poseen un gran peso, una extraordinaria presencia y un fuerte carácter. Sentados en su majestuoso sofá, Marcos intenta resumir sus andaduras profesionales pasadas, presentes y futuras, mientras yo atisbo rasgos en común en todas ellas: un refinado gusto estético y un sincero interés tanto por la historia de la humanidad como por los objetos que han adornado dichos episodios hasta nuestros días. “Creo en el interiorismo como una colección, pues es una manera de expresión. Al final del día estás contando una historia. Es un lenguaje total; un lenguaje muy abstracto, pero se logra contar una historia con eso”, explica.

Nacido y criado en Querétaro, Marcos lleva más de quince años en la Ciudad de México, aunque ha vivido en otros lugares de forma eventual.“Cuando me mudé aquí me empecé a familiarizar con las galerías de la ciudad”. Poco a poco, fue aprendiendo el oficio de curador, de coleccionista, y a adquirir un criterio artístico que lo llevó a crear su propio universo creativo. Siempre fue admirador de la arquitectura, del diseño y del arte, a pesar de tener otro background. “El proceso creativo para dar vida a una idea me fascina. Y el interiorismo me emociona muchísimo. Es de las cosas que más disfruto”. Por eso, cuando su familia decidió deshacerse del cúmulo de escombro en el que se había convertido Casa Bernal, Marcos se propuso salvarla y devolverla a la vida.

Símbolo de una época clave en la historia de México, la casa había dado servicio a su comunidad: “Está situada en un pueblo muy pequeño donde no había lugar en el que guardar y sacar dinero como es el Banco de México. Todas las compañías mineras que están en la Huasteca Potosina, hacían escala allá antes de ir a la Ciudad de México, y la casa funcionaba como una especie de banco. Después de la revolución, fue saqueada y quedó abandonada.”

Para realizar el proyecto de Casa Bernal, Marcos se apoyó en Chic by Accident, el estudio de Emmanuel Picault: “Fue una experiencia muy motivante y enriquecedora. Emmanuel tiene un ojo impecable y una estética escenográfica que se ve reflejada en la casa”. Marcos habla desde su propia experiencia porque el diseñador le entregó las llaves poco antes de que estallara la pandemia. La Ciudad de México quedó desierta, así que decidió mudarse temporalmente a Bernal. “Pasamos como unos cuatro o cinco meses allá con dos colchones. No hay nada como disfrutar la casa viviéndola. Es un pueblo muy pequeño, muy hermoso pero muy tranquilo. Yo salía en la mañana a comprar huevos en pijamas y no había nadie. Era una locura”.

El resultado es de una audacia extraordinaria ya que, en muchos sentidos, tanto Emmanuel como Marcos, dejaron que la casa se expresase: “Hicimos un gran trabajo de paisajismo, sobre todo del casco viejo. Realmente [la casa] no tiene techos ni nada, sino que es como una abstracción manual. La parte de atrás del terreno estaba vacía porque eran las caballerizas y decidimos hacer esta locura. Traspasar este casco viejo, conservado con plantas y cactus creciendo en las paredes, es como entrar a otra dimensión. No sabes qué está pasando. De pronto, llegas a esta piscina con las vistas a un peñón gigante, el tercero más grande del mundo después de Gibraltar. Emmanuel logró hacer que te sientas en medio de la nada.”

La idea de Marcos siempre fue que la casa se convirtiera en un espacio lúdico para compartir con sus amigos y con su familia. “Mis sobrinos me la piden mucho para ir con sus amistades. Es una casa en la que realmente se consiguió lo que yo quería. Sabía que era un lugar hermoso que podía tener una nueva vida. Se logró y estoy muy contento con eso”.

Si bien la alberca se puede considerar la gran protagonista del espacio, todo el tratamiento dado al proyecto convierte a Casa Bernal en una obra para admirar, más allá de su habitabilidad. La pieza dialoga con el paisaje, lo acompaña, se nutre de él y juntos componen estampas que rezuman vida como una espléndida flor que se abre paso entre los escombros.

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CASA BERNAL

A FLOWER AMIDST THE RUBBLE

A FLOWER AMIDST THE RUBBLE

As if they were heroic deeds, history extols the actions of individuals who – despite adverse circumstances – find success during their lifetime. While society acknowledges their perseverance and strength, intuition – that mental state that allows our senses to pinpoint the moments when we must act and the opportunities we must not squander – is rarely mentioned. 

Marcos Ruiz is one of those individuals with good instincts, delighting in the process of construction and self-construction. I meet with him at his home in Mexico City. Sparsely furnished, one can sense the meditated decision behind the few items found in the house. They all make a statement, have an extraordinary presence and are imbued with great character. We take our seats on the majestic sofa, where he begins relating the journey of his profession – past, present and future. I discern common features throughout: a refined aesthetic taste and a sincere interest both for the history of humanity and for the objects that have adorned it throughout time until the present day. “I believe that interior design is like collecting because it’s a form of expression. At the end of the day, you’re telling a story; it's a language in itself – albeit a very abstract language – but it serves to tell a story.”

Born and raised in Querétaro, Marcos has resided in Mexico City for more than fifteen years, although he has temporarily lived in other places. “When I moved here, I began acquainting myself with the city’s art galleries.” Little by little, he learned how to be a curator, a collector, acquiring the artistic eye that would lead him to construct his own creative universe. Despite coming from a different background, he has always admired architecture, design and art. “I’m fascinated by the creative process of bringing an idea to life. And I find interior design extremely exciting. It’s one of the things I most enjoy.” And so, when his family decided to rid themselves of the pile of rubble that Casa Bernal had become, Marcos decided to save it and restore it. A symbol of a key period in Mexico’s history, the house was once of great use to the local community: “It’s in a very small village where there was nowhere like the Bank of Mexico where you could take out or keep your money. All the mining companies in Huasteca Potosina used it as a stopover before going on to Mexico City and they'd keep everything inside the house, which operated as a sort of bank. But, after the revolution, it was looted and abandoned.”

In order to make the Casa Bernal project come true, Marcos turned to Emmanuel Picault and his architecture firm, Chic by Accident,. “It was a very motivating and enriching experience. He's got an impeccable eye and a stage design aesthetic that’s reflected in the house.” Marcos speaks from his own experience. Emmanuel had handed him the keys shortly before the pandemic hit. Mexico City was deserted, so he decided to move to Bernal temporarily. “We spent about four or five months there with just two mattresses. There’s nothing quite like enjoying a house by experiencing it. It’s a very small village, very beautiful but very quiet. I’d go out in the morning in my pyjamas to buy eggs and there was nothing. It was crazy.”

The result is extraordinarily bold because, in many ways, both Emmanuel and Marcos allowed the house to express itself. “We did a great job with the landscaping, particularly with the old outer shell. Actually, [the house] has no roof or anything; it’s like a really manual abstraction. The back of the plot – where the stables once were – was empty, so we decided to do this crazy thing. Entering this old shell, with plants and cacti growing alongside the walls, is like walking into another dimension. You don’t know what’s going on. Suddenly, you reach this pool with views of a giant rock, the third largest in the world after Gibraltar. Emmanuel has managed to make you feel as if you're in the middle of nowhere.”

Marcos’s idea was always to turn the house into a space to entertain family and friends. “My nephews and nieces are always asking me if they can bring their friends here. The house really has given me everything I wanted. I knew it was a beautiful place that could be given a new lease of life. That's been achieved, and I’m very happy with it.”

While the pool could be considered the true hero of the space, the way the entire project has evolved has made Casa Bernal a truly admirable creation, in addition to being incredibly liveable. The structure converses with the landscape, accompanies it, is nourished by it, and together they create a picture that radiates with life, like a splendid flower that subtly finds a way to bloom amidst the rubble.

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