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RASTROS FUGACES DE HUMO SOBRE EL CIELO DE TOKIO

YOSIGO

YOSIGO

Quienes siguen a Yosigo desde hace tiempo en redes sociales saben bien que el humor es el prisma a través del cual interpreta el mundo para traducirlo a su manera. Por eso, para Jose Javier Serrano (Donostia, 1981), todo lo que está ocurriendo en su vida no deja de ser una fuente de asombro y mucha diversión. Eso que le está ocurriendo no es otra cosa que haberse convertido en un artista más que reconocido en Asia, firmando autógrafos y cerrando un contrato de varios años con una empresa coreana que parece creer en su trabajo casi más que él mismo.

Mientras hablamos, a finales de 2024, sus fotografías se exponen en Shibuya y ya tiene fecha para una muestra en primavera. Desde Tokio, donde se ha instalado por un tiempo, me cuenta que este éxito lo ha tomado por sorpresa. Aunque al terminar nuestra conversación no puedo evitar pensar que, si el destino existe, tenía esto reservado para él. Cada paso que ha dado, ya sea de esos que lo llenan de orgullo o de los que prefiere no recordar, parece haberlo encaminado de forma inescrutable hacia este momento.

El brillo en sus ojos mientras confiesa haberse quedado prendado de Japón es perceptible incluso a través de la pantalla. Desde mi escritorio en Barcelona, resulta difícil no contagiarme de su entusiasmo. «Estuve hace muy poco por primera vez y estoy enamorado, así que esta vez voy a aguantar todo lo que pueda», resume.

La cámara de Yosigo nunca deja de disparar, tan ávida de imágenes como su propia mente, que ya está definiendo lo que se convertirá en su próximo proyecto: una reflexión acerca del tabaco en la sociedad nipona. «En Tokio no se puede fumar en la calle. Hay una especie de mapa de la ciudad con las zonas en las que sí está permitido. Cada noche fumo millones de cigarros en esas zonas porque quiero que sea una serie nocturna, así que saco las fotos y me voy a dormir». Algunas de esas fotografías las ha ido publicando en Instagram, pero la red social las ha eliminado. «Eso me ha hecho mucha gracia. Ahora me motiva más el proyecto. Que haya una especie de censura en torno a esto me parece curioso».

Paso el día con mucha gente, con coreanos, chinos o japoneses, en reuniones donde tampoco termino de entender qué está pasando. Tiene un punto cómico, pero no tengo a nadie que hable mi idioma con quien sentarme y decir: ‘Chicos, esto es la hostia’
— YOSIGO

Diseñador gráfico de profesión, fue a través de la creación de catálogos como se dio cuenta de que le gustaba más la fotografía que el diseño. No obstante, los libros siguen siendo una obsesión, lo que lo lleva a desplegar su trabajo en diferentes series que acaban plasmadas en distintos volúmenes editoriales. «Para mí, los libros son series fotográficas de ideas. Es una manera de tangibilizar un proyecto». Uno de los momentos clave del giro de su trabajo desde el diseño hacia la fotografía sucedió en 2003, cuando conoció a Salva López y comenzaron a compartir apartamento en Barcelona. «Salva tenía muchos trabajos y comenzó a pasarme algunos de ellos. Me acompañó en el proceso de adentrarme en la fotografía comercial. También fue muy importante en lo personal».

Pero si hay un año en que su carrera dio un vuelco, ese fue 2020 cuando, un día cualquiera, recibió un correo en su bandeja de entrada: “Somos una empresa coreana, queremos hacer una exposición”. «Me enviaron un proyecto muy desarrollado y me embarqué en eso sin saber muy bien lo que estaba pasando. Montaron la exposición justo cuando volvió la segunda ola del Covid. En Corea cerraron todo menos los museos. El proyecto fue creciendo y yo lo viví todo online. Fue algo muy bizarro, muy bonito». Después, la muestra viajó a Busan, otra ciudad de Corea, y esta vez sí consiguió asistir. «De repente, estaba firmando autógrafos. Era todo muy loco».

Su día a día en Tokio es sencillo, entre disfrute y trabajo, fotografiando todo lo que lo rodea, extasiado por la belleza inherente a la cultura japonesa: «Aquí, cualquier esquina es maravillosa. No sé si es que estoy enamorado, pero todo me parece precioso». Aunque se lamenta de no poder compartir con amigos las situaciones, cuanto menos curiosas, que conforman su cotidianidad. «Paso el día con mucha gente, con coreanos, chinos o japoneses, en reuniones donde tampoco termino de entender qué está pasando. Tiene un punto cómico, pero no tengo a nadie que hable mi idioma con quien sentarme y decir: ‘Chicos, esto es la hostia’». Me lo imagino actuando con esa mezcla de humor sarcástico y gratitud de Bill Murray en Lost in Translation mientras sigue redefiniendo su visión del mundo, cámara en mano, con la misma mezcla de curiosidad y humor que lo llevó a donde está hoy.

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FADING ECHOES OF SMOKE OVER TOKIO SKY

YOSIGO

YOSIGO

Those who have been following Yosigo on social media for a while know that humor is the prism through which he interprets the world to translate it in his own way. That is why, for Jose Javier Serrano (Donostia, 1981), everything happening in his life right now is a constant source of amazement and great fun. That “everything happening” is none other than becoming a widely recognized artist in Asia—signing autographs and landing a multi-year contract with a Korean company that seems to believe in his work even more than he does.

As we speak, in late 2024, his photographs are on display in Shibuya, and he already has a date for an exhibition in the spring. From Tokyo, where he has settled for a while, he tells me this success has taken him completely by surprise. Yet, by the end of our conversation, I cannot help but think that if destiny exists, it had this planned for him all along. Every step he has taken—whether one that fills him with pride or one he would rather not remember—seems to have led him, in an inexplicable way, to this very moment.

The sparkle in his eyes as he admits he has fallen in love with Japan is noticeable even through the screen. From my desk in Barcelona, it is hard not to catch his enthusiasm. “I visited very recently for the first time, and I am in love, so this time I am staying as long as I can,” he sums up.

I spend my days with so many people—Koreans, Chinese, or Japanese—in meetings where I do not really understand what is going on. It is kind of funny, but I do not have anyone who speaks my language to sit with and say, ‘Guys, this is wild.
— YOSIGO

Yosigo’s camera never stops shooting, as hungry for images as his own mind, which is already shaping what will become his next project: a reflection on tobacco in Japanese society. “In Tokyo, you cannot smoke on the street. There is this kind of map of the city that shows the zones where it is allowed. Every night, I smoke a million cigarettes in those spots because I want this to be a nocturnal series, so I take the photos and then head to bed.” He has shared some of those photos on Instagram, but the platform has taken them down. “I found that hilarious. Now the project motivates me even more. The fact that there is this sort of censorship around it seems curious to me.”

A graphic designer by trade, it was through creating catalogs that he realized he liked photography more than design. Nonetheless, books remain an obsession, which drives him to spread his work across different series that eventually materialize into various published volumes. “For me, books are photographic series of ideas. They are a way to give a project tangible form.” A key moment in his shift from design to photography came in 2003, when he met Salva López, and they started sharing an apartment in Barcelona. “Salva had a lot of jobs and began passing some of them my way. He guided me through the process of getting into commercial photography. He was also hugely important to me on a personal level.”

But if there is one year that changed everything for his career, it was 2020, when, on an ordinary day, an email landed in his inbox: “We are a Korean company. We would like to do an exhibition.” “They sent me a very developed project, and I jumped into it without really knowing what was going on. They set up the exhibition just as the second wave of Covid hit. In Korea, they shut everything down except for museums. The project kept growing, and I experienced it all online. It was surreal, and beautiful.” Later, the exhibition traveled to Busan, another city in Korea, and this time he managed to attend. “Suddenly, I was signing autographs. It was all very crazy.”

His day-to-day life in Tokyo is simple, a mix of enjoyment and work, photographing everything around him, intoxicated by the inherent beauty of Japanese culture: “Here, the corner of any doorway is stunning. I do not know if it is because I am in love, but everything looks beautiful to me.” Yet he laments not being able to share with friends the often curious situations that make up his daily life. “I spend my days with so many people—Koreans, Chinese, or Japanese—in meetings where I do not really understand what is going on. It is kind of funny, but I do not have anyone who speaks my language to sit with and say, ‘Guys, this is wild.’” I imagine him moving through it all with that mix of sardonic humor and gratitude, like Bill Murray in Lost in Translation, as he continues to redefine his view of the world, camera in hand, with the same blend of curiosity and humor that brought him to where he is today.

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OPENHOUSE No. 23 EDITOR’S LETTER

THE SECRET IN THEIR EYES

THE SECRET IN THEIR IN THEIR EYES

“How can one live a life full of nothing?” This question from The Secret in Their Eyes, the Oscar winning film from 2009, strikes me every time I watch it. Filmmakers say a movie isn’t truly seen until it’s watched at least twice. The same happens with books, cities, and people. A first encounter barely scratches the surface; only with time does the gaze refine itself and discover what was once hidden. Not just because new nuances emerge, but because we ourselves change.

Perhaps that is the essence of life: the insatiable curiosity, the desire to unravel the hidden, to rediscover what we thought we already knew. And yet, we cling to the familiar, walking the same paths as if we fear getting lost in the unknown. For the past few weeks, the secret of my eyes has directed my gaze elsewhere. The corner of my eye moves away from these lines, distancing itself from the paper and the edition you hold in your hands. Sometimes, we must step back to see something in all its splendor and reveal a new facet at every sight.

In the photographs by Maureen M. Evans, of Chef Mónica Patiño at Casa Virginia, the banal becomes exceptional, and the exceptional becomes tangible. In Japan, Yosigo captures fragments of life—ephemeral moments in the night, drifting to the rhythm of cigarette smoke as it sketches his unique artistic vision across the Tokyo sky.

The gaze has the power to reinvent the world. Some see beauty in the unnoticed, some capture the fleeting and turn it into a story. The image doesn’t hide; it reveals; it doesn’t describe; it transforms. Many photographers teach us this lesson every day: creators who, through the lens, take us by the hand and lead us into a universe where color and perspective create landscapes that verge on dreams, where the real dresses itself in fable, and architecture becomes the stage for a new story. Through their viewfinders, the routine takes on texture, and the moment becomes eternal.

Under a blinding sun, Romain Laprade transports us to one Arizona that seems frozen in another time, a fantasy embodied in the sumptuous forms of Taliesin West House, brought to life through his bold use of color and perspective. Whereas in Todos Santos, Luis Garvan unveils VIPP’s new house like a dreamscape, where memories blur and images are wrapped in mystery. There are gazes that invite us to pause in the ordinary, that don’t just capture the world, but reinvent it. They invite us to look twice, to discover what has always been there, waiting to be seen.

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Editorial en vivo por Charlotte Taylor

ORDEN, JUEGO Y CAOS

ORDEN, JUEGO Y CAOS

Un inmenso espacio sin apenas paredes, rodeado de ventanas, cuyos suelos y techos poseen un solo color, aparece en escena. Resulta difícil adivinar su uso: ¿es una casa, es una oficina, es una galería o todo ello al mismo tiempo? La mirada va poco a poco distinguiendo los detalles. Hay una mesa vestida para quizá recibir invitados y una cama deshecha con un ordenador portátil sobre ella. Unos pasatiempos sobre un escritorio, una pequeña mesa sobre la que descansa un ajedrez, y varios objetos utilitarios como sillas, ceniceros o copas con gran atractivo escultórico, que bien podrían ser expuestos en un museo.

Se trata de la primera ‘live editorial’ de Openhouse. Una instalación de la mano de Charlotte Taylor que reinterpreta aquello que llamamos hogar en un imponente escenario, Side Gallery. Un artefacto contemporáneo en sus formas pero clásico en su propósito: la conservación y disposición de registros históricos relacionados con el diseño latinoamericano del siglo pasado. La majestuosa obra llevada a cabo por Guillermo Santomá en los 700 metros cuadrados de esta galería de Barcelona tan sólo se reviste de hormigón. Este material sirve para unificar tan vasto espacio en una sola pieza formal y funcional. Un cuerpo de trabajo sobre el que Luis Sendino, comisario y fundador de la galería, alterna tradición y vanguardia en una melancólica aproximación al pasado que invita a soñar con posibles futuros.

En esa suerte de paréntesis temporal se halla la propuesta creativa de Charlotte Taylor. Ajena al ruido estético a su alrededor, su mesa de trabajo es el inagotable archivo de imágenes que la diseñadora cataloga en su mente creando sinergias entre arte y cotidianeidad, entre orden y caos. Orbitar en el mismo espacio que Charlotte es dejarse imbuir por el calmado –que no dócil– carácter que transmite a cada paso. Un talante del que nacen ambientes sofisticados, vivaces y con un gran sentido del humor. Charlotte es la primera artista que, de la mano de talentosos creadores de todas partes del mundo, ha desarrollado la editorial en vivo que inaugura una nueva forma de expresión para Openhouse.

¿Cómo incorporaste tus gustos y preferencias con los de Openhouse y Side Gallery en la ‘live editorial’?

Ya existía una sinergia entre Openhouse, Side Gallery y mi estilo personal, así que el resultado fue más un collage de superposición de algunos de mis gustos más específicos sobre una paleta que siento familiar. Las camas deshechas tipo sudoku y las camisas a rayas son definitivamente una firma mía que aporta un poco de desorden.

¿Qué parte del proyecto disfrutaste más?

Ver a la gente interactuar con el espacio y las piezas. Hubo un grupo de niños que comenzaron a jugar al ajedrez. Ese fue mi momento favorito que alcancé a capturar.

¿Cómo difiere la curaduría de arte en una casa-galería de los espacios de galería tradicionales? ¿Cómo facilita el diseño esta distinción?

El aspecto doméstico del espacio aporta ese elemento personal a la galería y es una invitación a interactuar con el espacio y las piezas de una manera más casual y exploratoria. En diseño, hay una consideración diferente en el movimiento de las personas a través del espacio. La gente se apoya y recuesta en las piezas formando parte del espectáculo en lugar de ser simples visitantes. Se trata de llevar la experiencia de la galería más allá de la perspectiva visual e involucrar los otros sentidos.

¿Cómo consigues crear una imagen homogénea, elegante y desenfadada?

Manteniendo un elemento de juego y caos, permitiendo que las cosas tengan un sentido de movimiento y apertura, y alejando mi práctica de espacios que se perciben como muy elevados pero estáticos.

¿Hay objetos o materiales de diseño específicos que encuentres particularmente efectivos para lograr este equilibrio?

Los objetos contribuyen en gran medida a compensar un espacio, aportar una noción de personalidad y romper una disposición rígida.

¿De qué modo se nutre e inspira tu trabajo de elementos culturales e históricos?

Siempre estoy buscando inspiración en la diversidad de épocas históricas y culturales, y en los diferentes movimientos del mundo del diseño. Trabajo las similitudes y los contrastes fusionando referencias en algo nuevo pero muy arraigado en el pasado.

¿Cómo es la relación del diseño con otras disciplinas artísticas en tu trabajo?

Es muy fluida. Mi proceso pivota en gran medida entre el arte y el diseño. Para mí es inseparable, ya que todo se retroalimenta. El diseño como medio en sí mismo no puede hallarse aislado de un mundo creativo más amplio.

¿Cuál dirías que es el principal desafío al que te enfrentas como diseñadora y cómo lo superas?

Materializar ideas. Siempre hay más de cien ideas por las que puedo sentirme realmente emocionada y apasionada, pero es imposible desarrollar y mantener el ritmo de tu imaginación. Es frustrante ver cómo tantas ideas se disuelven y nunca toman forma. Priorizar los proyectos y conceptos por los que estoy más motivada e intentar asignar un tiempo y un horario determinado en lugar de comenzar múltiples cosas a la vez, me está ayudando a mantener el impulso sin dejar que los diseños de diluyan.

¿Cómo ha sido su trayectoria profesional en el mundo del diseño?¿Qué influencias han dado forma a su estética?

Mi trayectoria personal en diseño ha sido un tanto sinuosa y poco convencional hasta llegar a la arquitectura. Pasar por una variedad de medios y disciplinas dentro del diseño, ha moldeado mi enfoque multidisciplinar y estético. Mi formación en Bellas Artes ha sido muy definitoria de mi trayectoria, dotándola de una perspectiva muy lúdica y sin restricciones en los procesos y protocolos de diseño.

¿Cómo imaginas el futuro del diseño y qué papel esperas desempeñar en él?

Veo que se vuelve cada vez más colaborativo, no solo dentro de los campos tradicionalmente considerados creativos sino incluyendo todos los campos y sectores. Honrando la creatividad de científicos, matemáticos, ecologistas, el diseño se convierte en el producto de muchos, no de un solo diseñador/arquitecto/artista. Me encantaría trabajar y aprender de áreas en las que no estoy familiarizada e iniciar un diálogo sobre las posibles formas de trabajar juntos.

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The Live Editorial of Charlotte Taylor

ORDER, PLAY & CAOS

ORDER PLAY & CAOS

A huge space with barely any walls, surrounded by windows, with floors and ceilings all in one colour, comes into view. It's difficult to guess its purpose: is it a home, an office, a gallery, or all of the above at once? As the gaze gradually distinguishes the details, there's a table set, perhaps for guests, and an unmade bed with a laptop on it. Hobbies lie on a desk, a small table holds a chess set, and various utilitarian objects like chairs, ashtrays and wine glasses, with great sculptural appeal, could well be exhibited in a museum.

This is the first 'live editorial' by Openhouse. An installation by Charlotte Taylor that reinterprets what we call home in an imposing setting: Side Gallery, a contemporary artefact in its forms but classic in its purpose, to preserve and arrange historical records related to Latin American design of the past century. The majestic work carried out by Guillermo Santomá in the 700 square metres of this gallery in Barcelona is clad in nothing but concrete. This material serves to unify such a vast space into a single formal and functional piece. A body of work in which Luis Sendino, curator and founder of the Side Gallery, alternates tradition and avant-garde in a melancholic approach to the past that invites dreaming of possible futures.

In that sort of temporal parenthesis seems to lie Charlotte Taylor's creative proposal. Unaffected by the aesthetic noise around, her workspace is the inexhaustible archive of images that this artist and designer catalogues in her mind, creating synergies between art and everyday life, between play and chaos. To orbit in the same place as Charlotte is to be imbued by the calm - not docile - character she conveys with each step. A disposition from which sophisticated, lively spaces with a great sense of humour are born. Charlotte is the first guest to develop, alongside talented creators from all over the world, the live editorial that inaugurates OpenArchive, the life we share. 

How did you incorporate the personal tastes and preferences of Openhouse and Side Gallery into your design?

There was already a synergy between Openhouse, Side Gallery and personal style so the result was more a collage of overlaying some of my more specific tastes into a palette that feels familiar. The sudoku unmade beds and striped shirts are definitely a signature of mine that brings a bit of disarray.

What part of the project did you enjoy the most?

Watching people interact with the space and pieces. There were a group of children who started playing chess which was my favourite moment I caught a glimpse of.

How does the curation of art in a house-gallery differ from traditional gallery spaces, and how does the design facilitate this distinction?

The domestic side to the space brings that very personal element to the gallery and is an invitation to react with the space and pieces in a more casual and explorative way. Movement and people’s journey throughout the space is a very different consideration, to have people lean and lounge on the pieces and become of the show as opposed to purely a visitor to the show. Taking the gallery experience beyond the visual perspective and engaging the other senses.

How do you create cohesive environments that look both elegant and effortlessly vigorous?

Maintaining an element of play and chaos and allowing things to have a sense of movement and openness, away from a highly considered yet static space. 

Are there specific design objects or materials that you find particularly effective in achieving this balance?

Objects go a long way in offsetting a space and bringing a notion of personality and breaking a rigid arrangement.

How do cultural and historical elements inspire your design work?

I am always drawing inspiration from different historical/cultural eras and movements of design. Drawing on the similarities and contrasts, amalgamating references into something new yet very rooted in the past.

How do you see the relationship between design and other art disciplines in your work?

It’s very fluid. My process is very much bouncing between art and design practices. It’s inseparable for me as everything feeds into one another and design as a means itself can’t be isolated from the wider creative world. 

What would you say is the main challenge you face as a designer and how do you overcome it?

Actualising ideas. There’s always 100+ ideas that I can get really excited by and passionate about but it's impossible to be able to develop and keep up with the speed of your imagination. It’s frustrating to see so many ideas dissolve and never take shape. Prioritising the projects and concepts that I’m most driven by and trying to allocate a dedicated time and schedule rather than starting multiple things at once is helping to keep the momentum but not dilute the designs.

What has your design journey and the influences that have shaped your aesthetic?

My personal design journey has been a bit of a winding and unconventional one to reach architecture. Passing through a range of mediums and disciplines within design has shaped my interdisciplinary approach and aesthetic. Having a Fine Art education has also been very defining in my journey, allowing a very playful and unconstrained perspective to the design processes and protocols.

How do you envision the future of design, and what role do you hope to play in shaping it?

I see it becoming more and more collaborative, not just within traditionally deemed creative fields but inclusive of all fields and sectors. Honouring the creativity of scientists, mathematicians, ecologists and design becoming the product of many, not a single designer/architect/artist. I would love to work with and learn from fields I am not familiar with and start conversations around creative ways of working together.

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MARCOS PALAZZI

PORTRAITS OF LIFE

PORTRAITS OF LIFE

Entering Marcos Palazzi’s (Barcelona, 1965) studio is, in a way, like entering his home. This Catalan artist, whose greatest virtue is humility, turns everyday things into art. His inspiration, drawn from his emotional surroundings, fuels his mainly pictorial work that revolves around drawing, photography, memory and a sense of humour.

We meet his daughter Lucía in what seems like an almost Costumbrist scene like those depicted in Palazzi’s work, and, amid laughter, memories and anecdotes, she reveals her father’s career and personality whenever he plays down some of his achievements.

Everything in Marcos Palazzi’s story seems to take place in a continuous present, as if we were in a story by George Orwell where only the here and now matters. So that when I ask him how and when he met Marta, his wife: “In Puigcerdà, I suppose. Years ago. I used to go to a friend’s house and she had a house there.” His work is a way of capturing moments. Many of the paintings around us are family scenes featuring his three children, his wife and himself. “It’s harder to paint children when they're small, it’s more difficult. I painted them several times in a large format. They all sold. It's funny because, who wants a painting of a child?” he muses. “When we went to exhibitions,” Lucía explains, “my brothers and I counted how many times we were in the paintings to see who would win. One day at the beach,” she continues, “a boy who was playing with us said that my brother looked very familiar. Suddenly it dawned on him that there was a painting in his home of my brother Simon pulling at a tooth. Of course, someone has a child and someone has Simon. Someone has me or someone has my mother, my cats or my dad. People buy us, yes.”

While Fabián and Lucía arrange the space to shoot the portraits, I do the same with words, trying to find out if an artist is born or made. “I’ve always drawn, ever since I was a little boy. I also like comics a lot. Even then I was very inspired by the underground comic artist Robert Crumb and all his work. The comic Dossier Negro was more about horror stories, but it had very good cartoonists, almost all of them Americans,” explains Marcos.

It was the 1970s in Barcelona, a time when it wasn’t easy to find these comics. “My uncle would buy them all. Although he was a doctor, he was very fond of comics. He’d let me go into his room and read some of them, but just a few. Later, I’d borrow Will Eisner's much-loved comic The Spirit from a newsagent’s. The girl who ran it let me, and she was more discreet about it than I was.” Marcos says that he partly credits his profession to an accident he had shortly before taking his university entrance exams. “I was in a coma for seven days after the accident, I didn’t study at all and I failed. Instead of doing Fine Arts, I enrolled at EINA (Centro Universitario de Diseño y Arte de Barcelona) because I was advised to by the designer América Sánchez. He taught there. Shortly afterwards I got into the Massana school and the Llotja, which I also used as a studio.” Soon after, Marcos won a competition organised by the Parés Gallery in Barcelona (where he continues to exhibit) and art became his livelihood.

Art is not only Marcos’s profession but also the place to which he belongs, the community in which he has been immersed since he started out. “When I was 22 or 23 years old, we had a group called San Paulino. It was the name of the street where we had the studio, an abandoned school in the upper part of Barcelona that they let me use. We thought of having an exhibition to avoid the galleries. It lasted a day and was a lot of fun. We sold quite a lot. We did it every year.”

Today, his studio is a hidden gem in Barcelona’s Gothic Quarter, the kind where you enter through a modest courtyard and up a narrow staircase. Nothing indicates what you’ll find when you cross the threshold: large semi-arched windows, hundreds of artworks of all sizes, images, stickers, peculiar objects... “Upstairs you will find Artigau, a Pop Art artist, so to speak, who is 83 years old. He was my teacher and I’d come and visit him from time to time. One day, I asked him to let me know if his downstairs neighbour ever left because I'd like to rent the studio if I possibly could, and I’ve been here for ten years now.” Lucía acts as our guide: “Mateo here doesn’t look like Mateo,” she says, pointing to a painting of her brother. “And that is the farewell to my dog in the kitchen, when we had to have him put him down,” she explains, while standing next to another of the paintings that, like a photo album, amass milestones from her own life.

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MARCOS PALAZZI

RETRATOS DE VIDA

RETRATOS DE VIDA

Entrar en el estudio de Marcos Palazzi (Barcelona, 1965) es, de alguna manera, entrar en su casa. Este artista catalán cuya mayor virtud es la humildad, convierte en arte aquello que es cotidiano. Su entorno emocional es el material con el que nutre una obra principalmente pictórica que se vertebra sobre ejes como el dibujo, la fotografía, la memoria y el sentido del humor. 

Casi como en una escena costumbrista de las que él mismo plasma en sus obras, acudimos a la cita junto a su hija Lucía, quien entre risas, recuerdos y anécdotas, va desvelando la trayectoria y personalidad de su padre cada vez que éste resta importancia a alguna de sus gestas.

Todo en la historia de Marcos Palazzi parece suceder en un presente contínuo, como si nos situásemos en una obra de George Orwell donde sólo cuenta el ahora. Así sucede cuando le pregunto cómo y cuándo conoció a Marta, su mujer: “En Puigcerdà, supongo. De siempre. Yo iba a casa de un amigo y ella tenía casa allí”. Su obra es una forma de capturar momentos. Muchos de los cuadros que nos rodean son escenas familiares protagonizadas por sus tres hijos, su mujer y él mismo. “Cuando los niños son pequeños, cuesta más pintarlos, es más difícil. Y eso que los hice varias veces en grande. Se vendieron, es una cosa curiosa, ¿quién quiere un niño?”, reflexiona. “Cuando íbamos a las exposiciones”, explica Lucía, “mis hermanos y yo contábamos cuántas veces salíamos en los cuadros para ver quién ganaba. Un día en la playa”, continúa, “un niño que estaba jugando con nosotros decía que mi hermano le sonaba mucho. De repente cayó en la cuenta de que en casa tenía un cuadro de mi hermano Simón estirándose un diente. Claro, alguien tiene un niño y alguien tiene a Simón. Alguien me tiene a mí o alguien tiene a mi madre, a mis gatos o a papá. La gente nos compra, sí”.

Mientras Fabián y Lucía disponen el espacio para disparar los retratos, yo hago lo propio con las palabras tratando de averiguar si el artista nace o se hace. “Siempre he dibujado, desde que era pequeñito. También me gusta mucho el cómic. Ya entonces me inspiraba mucho todo el trabajo de Robert Crumb, que era underground. La revista Dossier Negro era más de historias de terror pero tenía dibujantes muy buenos, americanos casi todos”, explica Marcos.

Eran los años 70 en Barcelona, cuando no era tan sencillo acceder a dichas referencias. “Mi tío era quien se los compraba todos. Aunque es médico, le gustaba mucho el cómic. Me dejaba entrar en su habitación y leer alguno, pero pocos. Después, tomaba prestado el siempre adorado comic Spirit de Will Eisner de un kiosko. La chica que lo atendía me lo permitía, disimulando ella más que yo”. Marcos otorga parte del mérito de dedicarse a su profesión al accidente que sufrió poco antes de examinarse de selectividad. “Estuve siete días en coma tras el accidente, no estudié nada y suspendí. En lugar de entrar en la carrera de Bellas Artes, me matriculé en EINA (Centro Universitario de Diseño y Arte de Barcelona) porque América Sánchez, el diseñador, me lo recomendó. Él era profesor allí. Y poco después ingresé en la Escuela Massana y en la Llotja, que además me servía como estudio”. En seguida ganó un concurso organizado por la Galería Parés de Barcelona (con quienes continúa exponiendo) y empezó a ganarse la vida como artista.

El arte no es únicamente la profesión de Marcos sino el lugar al que pertenece, la comunidad en la que se halla inmerso desde sus comienzos. “A los 22 o 23 años teníamos un colectivo que se llamaba San Paulino. Era el nombre de la calle en la que teníamos el estudio, una escuela abandonada en la parte alta de Barcelona que me dejaron usar. Pensamos en hacer una exposición para saltarnos a las galerías. Duraba un día y era muy divertido. Se vendía bastante. Lo hacíamos cada año”.

Hoy su estudio es una joya escondida en el barrio Gótico de Barcelona, de aquellas a las que accedes a través de un modesto patio y una angosta escalera. Nada en ese recorrido hace prever lo que nos encontraremos al cruzar el umbral: grandes ventanas con forma de semiarco, cientos de obras de todos los tamaños, imágenes, pegatinas, objetos curiosos…“En el piso de arriba está Artigau, que es un pintor pop, por así llamarlo, de 83 años. Era mi profesor y yo venía a verlo de tanto en tanto. Un día le dije que me avisase cuando se fuese el vecino de abajo porque yo alquilaría el estudio, en la medida posible, y ya llevo diez años.”Lucía hace las veces de guía: “Mateo aquí no se parece a Mateo”, dice señalando un cuadro que retrata a su hermano. “Y esa es la despedida de mi perro en la cocina, cuando tuvimos que sacrificarlo”, explica junto a otra de las imágenes que, como en un álbum, recogen hitos de su propia vida.

Fabián comienza a fotografiar al artista que quiere ponerse su chaqueta favorita (verde a cuadros) para la imagen: “Cuando pienso en mi padre, pienso en esta chaqueta tan fea. Siempre la lleva. Es su look, su personaje”, señala Lucía. Es la relación que Marcos mantiene con varios objetos que nos rodean: “Esto es un trozo de hierro donde hacía las mezclas. Lo de debajo es una mesita típica pero siempre la he tenido cariño”, comenta acercándose a una especie de bandeja cubierta de colores.

De pie junto a la ventana de su pequeña tramoya de artefactos hiperrealistas, se puede intuir que Marcos Palazzi ha tenido una vida plena. Quizá su secreto no sea llegar más o menos lejos, o tener más o menos éxito. Puede que la llave de la felicidad en su caso se encuentre en la vida familiar. Una vida que retratar.

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OPENHOUSE EDITORIAL

EL ACTO DE COMPARTIR

EL ACTO DE COMPARTIR

Desde que Openhouse lanzase su primer número en 2014, el mundo ha reconceptualizado el término compartir. Hoy, este posee muchas más acepciones, más matices, más escenarios y más soportes. Sin embargo, en muchos de sus significados actuales, compartir se vincula a un individuo que emite ideas o emociones de forma unilateral desde un espacio físicamente cerrado, en muchos casos a través de las redes sociales. Se trata de una manera de derribar las fronteras que nos permite conectar en tiempo real con personas de todo el mundo, solo que a través de un dispositivo individual como es el teléfono. En soledad pero al mismo tiempo en compañía.

Para Openhouse como proyecto, incluso antes de convertirse en una publicación, la idea de compartir hace referencia a una acepción más social, vinculada al encuentro físico y comunal. Del mismo modo que en el eterno enigma: “si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido?”; si tenemos un talento o un don que nadie conoce, ¿realmente podemos defender que es una habilidad real? Publicado en 2014, el Nº1 de Openhouse magazine nacía con un slogan: The Life we Share. Una frase que describe, casi con literalidad, lo que Andrew Trotter y Mari Luz Vidal, fundadores de la revista, hacían por entonces en su propia casa. Un apartamento en el centro de Barcelona que no sólo compartían como compañeros de piso, sino que convirtieron en un proyecto en sí mismo cuando decidieron abrir sus puertas a quien quisiera disfrutar de las diferentes actividades culturales que ambos empezaron a programar. Dicho ‘acto de compartir’ sigue latente bajo la piel que habita la revista Openhouse. Veinte números después, es indescriptible la emoción que sentimos al echar la vista atrás. Son muchas las personas que comenzaron siendo nombres de profesionales a los que admiramos, y hoy podemos considerar amigos. Arquitectos, artistas, curadores y creadores que nos abrieron las puertas de sus casas para que nos sintiéramos como si estuviéramos en la nuestra. John Pawson, la familia Gomis, Jan y Lin Utzon, Hértor Barroso, César Cervantes, Christian Bourdois y Eva Albarrán en las Solo Houses… El listado es abrumadoramente largo.

Pero no solo nos llenamos de emoción al repasar lo vivido. También lo hacemos cuando alzamos la mirada para prever lo que está por llegar. En este número, nos rodeamos de caras ya conocidas como las de Vincenzo y Claudia Rose de Cotiis, quienes tienen la gran amabilidad de mostrarnos su nuevo proyecto en Venecia. Una oda al arte italiano que es una obra de arte en sí misma.

Visitamos Casa Soleto, el proyecto personal de Andrew Trotter y Marcelo Martínez. Un hogar lejos de casa en cuya renovación los hemos visto trabajar duro pero también vibrar durante los últimos dos años. Hoy es una realidad que hospeda a quien quiera vivir una experiencia casi espiritual en Puglia, Italia.

Al otro lado del océano, en Ciudad de México, Graciela Iturbide y Mauricio Rocha se sientan a la mesa en el Estudio Iturbide junto a su amiga, la artista Claudia Fernández. Alrededor de un delicioso pastel y una botella de tequila, madre e hijo nos hablan de sus respectivos procesos creativos, como fotógrafa y arquitecto, de sus primeros pasos profesionales y repasan la historia familiar entre anécdotas, recuerdos y risas.

No muy lejos de allí, en San Francisco, Ira Kurlander nos abre las puertas de su casa; un hogar diseñado por el propio arquitecto donde el estilo mid-century convive con la ensoñación creativa y un cierto toque surrealista. Sin dejar de lado la parte más lúdica de la creación, volvemos a Barcelona para visitar el estudio del artista Marcos Palazzi quien, con su pintura, invita a reflexionar sobre temas universales a través del retrato de escenas íntimas y familiares.

Si hay algo que he aprendido desde que comenzase a trabajar en Openhouse magazine en 2015, es que compartir y capturar momentos de nuestras vidas, a través de cualquier tipo de disciplina o soporte, es un acto íntimo que permanece dentro de nuestra memoria física pero también emocional. En Openhouse nos gusta pensar que continuamos siendo un lugar de encuentro. Seguimos estrechando lazos con personas creativas de todo el mundo y nos gusta hacerlo como siempre lo hemos hecho: invitándoles a entrar, a sentarse y a charlar.

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Openhouse magazine, ISSUE 20 Inma Buendia Openhouse magazine, ISSUE 20 Inma Buendia

OPENHOUSE EDITOR’S LETTER

THE ACT OF SHARING

THE ACT OF SHARING

Since Openhouse launched its first issue almost ten years ago, the world has reconceptualized the term sharing. Today, it has many more meanings, more nuances, more scenarios and more platforms. However, in many of its current meanings, sharing is linked to the idea of an individual who unilaterally emits ideas or emotions from a physically closed space, in many cases through social networks. It is a way of breaking down borders that allows us to connect in real time with people from all over the world, but only, and here is the catch, while holding tight to the small physical world of an individual device such as a smartphone. In solitude but at the same time in company.

For Openhouse as a project, even before becoming a publication, the idea of sharing refers to its social meaning, linked to the physical and communal encounter. In the same way as in the eternal enigma: “if a tree falls in a forest and no one is around to hear it, does it make a sound?”; If we have a talent or gift that no one knows about, can we really defend that it is a real ability?

Published in 2014, Openhouse magazine's No. 1 was born with a slogan: The Life we Share. A phrase that describes, almost literally, what Andrew Trotter and Mari Luz Vidal, founders of the magazine, were doing at that time in their own home. An apartment in the center of Barcelona that they not only shared as roommates, but also turned into a project in itself when they decided to open its doors to anyone who wanted to enjoy the different cultural activities that they both began to program. This 'act of sharing' is still latent under the skin that Openhouse magazine inhabits. Twenty issues later, the emotion we feel when we look back is indescribable. There are many people who began as names of professionals whom we admire, and today we can consider friends. Architects, artists, curators and creators who opened the doors of their homes to us so that we felt as if we were in our own home. John Pawson, The Gomis family, Jan and Lin Utzon, Héctor Barroso, César Cervantes, Christian Bourdais and Eva Albarrán… The list is overwhelmingly long.

But we are not only filled with emotion when reviewing what we experienced. We also do it when we look up to foresee what is to come. In this issue, we surround ourselves with already known faces such as Vincenzo and Claudia Rose de Cotiis, who are kind enough to show us their new project in Venice. An ode to Italian art that is a work of art in itself.

We visited Casa Soleto, the personal project of Andrew Trotter and Marcelo Martínez. It is a home away from home, whose renovation we have witnessed through their hard work and enthusiastic joys over the last two years that welcomes anyone who wants to live an almost spiritual experience in Puglia, Italy.

Across the ocean, in Mexico City, Graciela Iturbide and Mauricio Rocha sit at the table in the Estudio Iturbide with their friend, the artist, Claudia Fernández. Around a delicious cake and a bottle of tequila, mother and son tell us about their respective creative processes, as a photographer and as an architect, about their first professional steps, and share their family history through anecdotes, memories and laughter.

Not far from there, in San Francisco, Ira Kurlander opens the doors of his house to us; a home designed by the architect himself where the mid-century style coexists with creative dreaminess and a certain surreal touch. Holding that sense of creative play in our minds, we return to Barcelona to visit the studio of the artist Marcos Palazzi, whose paintings of intimate and family scenes invite us to recognize the universal themes we share.

If there is one thing I have learned since I started working at Openhouse magazine in 2015, it is that sharing and capturing moments of our lives, through any type of discipline or platform, is an intimate act that remains within our physical and emotional memory.

At Openhouse we like to think that we continue to be a meeting place. We continue to strengthen ties with creative people around the world and we like to do it as we always have: inviting them to come in, sit down and chat.

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CASA BERNAL

LA FLOR ENTRE LOS ESCOMROS

LA FLOR ENTRE LOS ESCOMBROS

La historia recoge, como si se tratase de heroicidades, las gestas de personajes que se abrieron paso en sus vidas a pesar de las circunstancias. Si bien la sociedad está de acuerdo en la perseverancia y fortaleza de estos referentes  sociales, poco se habla de la intuición, del estado mental que permite a nuestros sentidos detectar los momentos en lo que debemos actuar, las oportunidades que no debemos dejar pasar.

Marcos Ruiz es de aquellas personas  que poseen un gran instinto, que se deleitan en el proceso de construir y construirse. Me encuentro con él en su casa de Ciudad de México. Un lugar con pocas piezas de mobiliario pero en cuya elección se intuye una meditada decisión. Todas poseen un gran peso, una extraordinaria presencia y un fuerte carácter. Sentados en su majestuoso sofá, Marcos intenta resumir sus andaduras profesionales pasadas, presentes y futuras, mientras yo atisbo rasgos en común en todas ellas: un refinado gusto estético y un sincero interés tanto por la historia de la humanidad como por los objetos que han adornado dichos episodios hasta nuestros días. “Creo en el interiorismo como una colección, pues es una manera de expresión. Al final del día estás contando una historia. Es un lenguaje total; un lenguaje muy abstracto, pero se logra contar una historia con eso”, explica.

Nacido y criado en Querétaro, Marcos lleva más de quince años en la Ciudad de México, aunque ha vivido en otros lugares de forma eventual.“Cuando me mudé aquí me empecé a familiarizar con las galerías de la ciudad”. Poco a poco, fue aprendiendo el oficio de curador, de coleccionista, y a adquirir un criterio artístico que lo llevó a crear su propio universo creativo. Siempre fue admirador de la arquitectura, del diseño y del arte, a pesar de tener otro background. “El proceso creativo para dar vida a una idea me fascina. Y el interiorismo me emociona muchísimo. Es de las cosas que más disfruto”. Por eso, cuando su familia decidió deshacerse del cúmulo de escombro en el que se había convertido Casa Bernal, Marcos se propuso salvarla y devolverla a la vida.

Símbolo de una época clave en la historia de México, la casa había dado servicio a su comunidad: “Está situada en un pueblo muy pequeño donde no había lugar en el que guardar y sacar dinero como es el Banco de México. Todas las compañías mineras que están en la Huasteca Potosina, hacían escala allá antes de ir a la Ciudad de México, y la casa funcionaba como una especie de banco. Después de la revolución, fue saqueada y quedó abandonada.”

Para realizar el proyecto de Casa Bernal, Marcos se apoyó en Chic by Accident, el estudio de Emmanuel Picault: “Fue una experiencia muy motivante y enriquecedora. Emmanuel tiene un ojo impecable y una estética escenográfica que se ve reflejada en la casa”. Marcos habla desde su propia experiencia porque el diseñador le entregó las llaves poco antes de que estallara la pandemia. La Ciudad de México quedó desierta, así que decidió mudarse temporalmente a Bernal. “Pasamos como unos cuatro o cinco meses allá con dos colchones. No hay nada como disfrutar la casa viviéndola. Es un pueblo muy pequeño, muy hermoso pero muy tranquilo. Yo salía en la mañana a comprar huevos en pijamas y no había nadie. Era una locura”.

El resultado es de una audacia extraordinaria ya que, en muchos sentidos, tanto Emmanuel como Marcos, dejaron que la casa se expresase: “Hicimos un gran trabajo de paisajismo, sobre todo del casco viejo. Realmente [la casa] no tiene techos ni nada, sino que es como una abstracción manual. La parte de atrás del terreno estaba vacía porque eran las caballerizas y decidimos hacer esta locura. Traspasar este casco viejo, conservado con plantas y cactus creciendo en las paredes, es como entrar a otra dimensión. No sabes qué está pasando. De pronto, llegas a esta piscina con las vistas a un peñón gigante, el tercero más grande del mundo después de Gibraltar. Emmanuel logró hacer que te sientas en medio de la nada.”

La idea de Marcos siempre fue que la casa se convirtiera en un espacio lúdico para compartir con sus amigos y con su familia. “Mis sobrinos me la piden mucho para ir con sus amistades. Es una casa en la que realmente se consiguió lo que yo quería. Sabía que era un lugar hermoso que podía tener una nueva vida. Se logró y estoy muy contento con eso”.

Si bien la alberca se puede considerar la gran protagonista del espacio, todo el tratamiento dado al proyecto convierte a Casa Bernal en una obra para admirar, más allá de su habitabilidad. La pieza dialoga con el paisaje, lo acompaña, se nutre de él y juntos componen estampas que rezuman vida como una espléndida flor que se abre paso entre los escombros.

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